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Portadas de los libros publicados por algunos de los protagonistas de esta historia. En este 2022 me he metido de lleno en sus lecturas, aún sigo en ello, y mi intención es leerlos todos porque esta historia me atrapó desde que leí Viven.
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13 de Octubre… Tal día como hoy… Confieso
que esta es una de esas publicaciones que estremecen el alma por la situación
en la que se desarrolló esta historia. Ni siquiera he sabido muy bien cómo
titular la entrada al blog. Así que voy a intentar no hacer una valoración de
los libros, como es habitual, sino una opinión generalizada en base a mis
lecturas sobre este hecho.
La historia del accidente de
avión uruguayo en los Andes la conocía superficialmente desde mucho tiempo
atrás. Prácticamente de toda la vida. Sabia algo de ella, de la publicación de
algunos libros y de que se había rodado algunas películas. No más allá de eso.
Hace un tiempo llegó a mi biblioteca Viven, libro escrito por Pier Paul
Read. La recepción de aquel libro fue como una espoleta que me hizo ahondar en
la historia de este accidente. Todos aquellos rumores que había oído tenían que
transformarse en un conocimiento más profundo sobre lo acaecido. Empecé a
buscar información y leí Viven con gran avidez. Su lectura, que me causó
honda impresión, y mis averiguaciones, me llevaron a ver la película y a
visionar documentales como La sociedad de la nieve de Pablo Vierci que sencillamente
me emocionó el testimonio de los supervivientes. Luego llegaron otros libros, como
el propio La sociedad de la nieve (Pablo Viercy), El milagro de los
Andes (Nando Parrado), Tenia que sobrevivir (Roberto Canessa), Desde
el silencio (Eduardo Strauch), Las montañas siguen allí (Pedro
Algorta), Después del día diez, Desde la cordillera del alma (estos dos
de Carlitos Páez), Entre mi hijo y yo, la luna (Carlos Pérez Vilaró), Mi
segunda cordillera (Miguel Ángel Campodónico) y Hacia el avión de los
uruguayos y Corazón de arriero (Ariel Osvaldo Torres). Confieso que
no he tenido tiempo de leerlos todos, pero esa es mi intención porque esta
historia me ha atrapado de lleno. Necesito seguir nutriéndome de ella y no sé
muy bien por qué. Pero quiero seguir descubriendo las capas subyacentes de la
misma. Tal vez haya más publicaciones que omito por desconocimiento, pido
disculpas si fuera así, y seguramente por este cincuenta aniversario lleguen
más. También hay sobre ello trabajos musicales, obras de teatro, etc. Pero yo
me he centrado más en literatura, cine y documentales.
Todo este periplo literario y fílmico
me ha llevado a introducirme de cierta manera en esa sociedad de la nieve que tantas
vicisitudes y sufrimiento pasó durante setenta y dos largos días en uno de los lugares
más agrestes del planeta y que formó una de las mayores épicas e historia de supervivencia
del siglo XX.
Desde un primer momento en cada
libro, aunque relatado de forma distinta, los lectores notamos que hubo una
serie de fenómenos en forma de pálpitos, pensamientos extraños y demás
sensaciones que tuvieron varios de los pasajeros que aquel avión Fairchild
FH-227D de la Fuerza Aérea uruguaya. Había una sombra, que si bien no era
generalizada, sí que se posó sobre algunos de los pasajeros. Ya de por sí esta
sombra se inició en Uruguay, luego en su escala en Argentina y más tarde, y por
desgracia, confirmada en los Andes.
Aquel 13 de Octubre de 1972, tras
estrellarse el avión, recordemos que de quebró en tres partes; cola, ala y fuselaje.
Buscando información Wikipedia nos dice lo siguiente:
…La
parte restante del fuselaje se deslizó por la montaña unos 725 metros antes de
chocar contra el hielo y la nieve en un glaciar. El vuelo transportaba a 45
pasajeros y tripulación, incluidos 19 miembros del equipo de rugby Old
Christians Club, junto con algunos familiares, simpatizantes y amigos.
Los
restos de la aeronave se ubicaron a una altura de 3570 m. en la remota
Cordillera de los Andes. Tres miembros de la tripulación y ocho pasajeros
murieron inmediatamente, y varios otros murieron poco después debido a las
gélidas temperaturas y sus graves heridas. Las autoridades inmediatamente
comenzaron a buscar la aeronave y sobrevolaron el lugar del accidente varias
veces durante los siguientes días, pero no pudieron ver el fuselaje blanco en
la nieve. Los esfuerzos de búsqueda se cancelaron después de ocho días. Durante
los siguientes 72 días murieron 13 pasajeros más. Los supervivientes restantes,
a regañadientes, recurrieron a la Antropofagia. Nando Parrado y Roberto Canessa
subieron un pico de montaña de 4650 m. s. n. m. sin equipo y caminaron durante
10 días hasta Chile. El 23 de diciembre de 1972, 72 días después del accidente,
fueron rescatados 16 sobrevivientes…
De
las 45 personas que viajaban en la aeronave, tres pasajeros y dos tripulantes
en la sección de cola murieron al romperse esta: el teniente Ramón Saúl
Martínez, Orvido Ramírez (auxiliar de vuelo), Gastón Costemalle, Alejo Hounié y
Guido Magri. Unos segundos después, Daniel Shaw y Carlos Valeta cayeron del
fuselaje trasero. Valeta sobrevivió a su caída, pero tropezó por el glaciar
cubierto de nieve, cayó en nieve profunda y se asfixió.
Su cuerpo fue encontrado por otros pasajeros el 14 de diciembre.
Al
menos cuatro murieron por el impacto del fuselaje al chocar contra el banco de
nieve, que arrancó los asientos restantes de sus anclas y los arrojó a la parte
delantera del avión: el médico del equipo Dr. Francisco Nicola y su esposa
Esther Nicola; Eugenia Parrado y Fernando Vázquez (estudiante de medicina). El
piloto Ferradas murió instantáneamente cuando la nariz del avión se desplazó
hacia atrás con la fuerza del golpe y comprimió el panel de instrumentos contra
su pecho, forzando su cabeza a salir por la ventana; el copiloto Lagurara
resultó gravemente herido y atrapado en la cabina aplastada.
Le pidió a uno de los
pasajeros que buscara su pistola y le disparara, pero el pasajero se negó.
Treinta
y tres permanecieron con vida, aunque muchos resultaron gravemente heridos, con
heridas que incluían fracturas en las piernas que se debieron a que los
asientos de la aeronave se derrumbaron hacia adelante contra la división de
equipaje y la cabina del piloto.
Roberto
Canessa y Gustavo Zerbino, ambos estudiantes de Medicina, actuaron rápidamente
para evaluar la gravedad de las heridas de las personas y tratar a quienes más
podían ayudar. Nando Parrado tuvo una fractura de cráneo y permaneció en coma
durante tres días. Enrique Platero tenía un trozo de metal clavado en su
abdomen que al ser removido trajo consigo unos centímetros de intestino, pero
inmediatamente comenzó a ayudar a otros. Las dos piernas de Arturo Nogueira
estaban rotas en varios lugares. Ninguno de los pasajeros con fracturas
compuestas sobrevivió.
Diecisiete
días después del accidente, cerca de la medianoche del 29 de octubre, una
avalancha golpeó el avión que contenía a los sobrevivientes mientras dormían.
Llenó el fuselaje y mató a ocho personas: Enrique Platero, Liliana Methol,
Gustavo Nicolich, Daniel Maspons, Juan Menéndez, Diego Storm, Carlos Roque y
Marcelo Pérez. Las muertes de Pérez, el capitán del equipo y líder de los
sobrevivientes, y de Liliana Methol, quien había cuidado a los sobrevivientes
«como una madre y una santa», fueron extremadamente desalentadoras para los que
quedaron con vida.
La
avalancha enterró completamente el fuselaje y llenó el interior hasta un metro
del techo. Los supervivientes atrapados en el interior pronto se dieron cuenta
de que se estaban quedando sin aire. Nando Parrado encontró un poste de metal
de los portaequipajes y pudo hacer un agujero en el techo del fuselaje,
proporcionando ventilación. Con considerable dificultad, en la mañana del 31 de
octubre cavaron un túnel desde la cabina hasta la superficie, solo para
encontrar una tormenta de nieve furiosa que no les dejó más remedio que
permanecer dentro del fuselaje.
Durante
tres días, los sobrevivientes quedaron atrapados en el espacio extremadamente
estrecho dentro del fuselaje enterrado con aproximadamente 1 metro de altura,
junto con los cadáveres de los que habían muerto en la avalancha. Sin otra
opción, al tercer día comenzaron a comer la carne de sus amigos recién muertos.
Con Pérez muerto, los primos Eduardo y Fito Strauch y Daniel Fernández
asumieron el liderazgo. Se hicieron cargo de la recolección de la carne de sus
amigos fallecidos y la distribuyeron a los demás.
Antes
de la avalancha, algunos de los supervivientes insistieron en que su única
forma de supervivencia sería escalar las montañas y buscar ayuda. Debido a la
última declaración del copiloto de que la aeronave había pasado por Curicó, el
grupo creía que el campo chileno estaba a solo unos kilómetros al oeste. En
realidad, estaban a más de 89 km al este, en lo profundo de los Andes. La nieve
que había enterrado el fuselaje se derritió gradualmente con la llegada del
verano. Los sobrevivientes realizaron varias expediciones breves en las
inmediaciones de la aeronave en las primeras semanas después del accidente,
pero encontraron que el mal de altura, la deshidratación, la ceguera por la
nieve, la desnutrición y el frío extremo durante la noche hacía que viajar
cualquier distancia significativa fuera una tarea imposible.
El 15 de noviembre murió Arturo
Nogueira, y tres días después falleció Rafael Echavarren, ambos de gangrena por
las heridas infectadas. Numa Turcatti, que no quería comer carne humana, murió
el día 60 (11 de diciembre) con un peso de solo 55 libras (25 kg). Los que
quedaban sabían que morirían inevitablemente si no encontraban ayuda...
Imaginemos el panorama tan
dantesco que debía ser aquello. El aquel infierno de nieve, sin comida y
escasamente con ropa de abrigo y sin visos de ayuda a corto plazo. Y es ahí
donde surge la sociedad de la nieve, aunque yo prefiero llamarla la hermandad
de la nieve. Una serie de hechos concatenados que de pronto pone a un grupo
humano en el peor sitio posible. Todo esto con un conglomerado de
circunstancias de un avión estrellado que no se sabía si había caído en un
Chile que ya andaba convulso o en Argentina. Una Fuerza Aérea uruguaya que
pierde un avión inexplicablemente cuando iba pilotado por dos militares
experimentados. Luego Uruguay vuelve a enviar otro avión de su fuerza aérea que
no hace sino dar fallos y que añade más desesperación a todos. Una
concatenación de hecho que añade más problemas a los supervivientes del
accidente.
Las familias, unas resignadas a
que los pasajeros y tripulantes habían fallecido, y otras con la premonición de
que seguían con vida. Una serie de médiums, sobre todo el holandés Gerard
Croiset, que vaticinan que hay muertos, pero también hay sobrevivientes. “Hay
vida y hay muerte” afirmó.
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El médium holandés Gerard Croiset. Aunque nunca pude "ver" el lugar exacto del accidente sí que dio pistas fidedignas sobre el lugar de la tragedia y ser de gran ayuda para las familias.
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Un personaje como el
radioaficionado Rafael Ponce de León que hizo un trabajo encomiable de enlace
en varios frentes. Las primeras informaciones fidedignas sobre el accidente las
consigue él con la red de radioaficionados que forma. Hoy en día nos puede
parecer baladí este hecho gracias a Internet, pero en aquella época fue un
despliegue logístico de envergadura. El loable trabajo de este señor a lo largo
de los setenta y dos días de incertidumbre está muy bien relatado en Viven.
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Rafael Ponce de León. Desde el primer momento no se creyó lo sucedido ni las primeras versiones oficiales lo que le hizo establecer una red de aficionados a nivel mundial buscando información fidedigna. Su historia está muy bien relatada en Viven.
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Setenta y dos días de odisea
donde no es sólo el accidente inicial, sino el punto de inflexión tras la
avalancha. El momento de decir o nos movemos o sucumbimos. Las expediciones
previas reconociendo el terreno, buscando alimentos y cualquier útil que
pudiera servir y el encontrar la cola del avión. El intentar conectar la radio,
llevándola a la cola del avión donde estaba las baterías y el decir tenemos que
seguir más allá de las montañas que vemos y conseguir ayuda.
Es ahí, en el instante de
estrellarse y tras la avalancha donde la sombra que rondaba se convierte en una
especie de luz. Como lector he tenido la sensación de que el papel de cada
fallecido y de cada sobreviviente conlleva algo que trasciendo más allá de lo
humano. Es imposible esta supervivencia tan extrema. El vivir dentro de los
restos de un fuselaje metálico a temperaturas bajo cero. El atravesar montañas,
desfiladeros y terrenos abruptos personas que no eran montañistas ni tenían
equipo ni ropa para ello. Ya de por sí, sobrevivir a tal impacto era un
milagro. Pero setenta y dos días viviendo así… Ahí yo creo que intervino lo
divino.
Eran personas de Fe. Una de las
ayudas que tuvieron fue el rezo colectivo del Santo Rosario. Tales convicciones
religiosas unidas a un alto nivel cultural y físico indudablemente ayudaron. Hubo
inmensas dudas teológicas de comer carne humana. Pero la misma Fe los hacia
optar a ello en un inmenso amor a la vida y hacia sus compañeros. Incluso en la
Sociedad de la Nieve se relata cómo tras oír que Nando y Roberto habían llevado
a buen fin su expedición mediante un pequeño transistor que tenían, y que
misteriosamente nunca dejó de funcionar pese a la dureza climática, tras
finalizar la noticia de forma totalmente inexplicable por dicho transistor empezó
a oírse el Ave María. ¡Qué cosas!
Nando Parrado en su libro “El
milagro de los Andes” relata sus conversaciones con Arturo Nogueira (no
sobrevivió) y es impresionante la fuerza espiritual de una persona que estaba
agonizando, pero que trasmitía un potente mensaje de ánimo y esperanza.
De la expedición de Nando, Roberto
y Vizintín (los acompañó hasta cierto momento) la lógica nos dice que estaba condenada
al fracaso ante el terreno a moverse. Y llegaron ilesos. ¿Qué fuerza y
determinación humana lleva a ello? Y se encontraron con un hombre como el
arriero Sergio Catalán que posiblemente los sacó de a muerte para traerlos
nuevamente a la vida. Podían haberse encontrado con otra gente, pero se
encontraron con un hombre de palabra de honor y gozando del respeto de su
comunidad. Había gente que en su maldad daban pistas falsas para cobrar la
recompensa que se ofrecía para quién diera algún dato que pudiera ayudar. De
esto ya lo sabían las autoridades chilenas. Pero a don Sergio lo creyeron ante
el marchamo de su verdad. Aquel papel y lapiz atado a una piedra lanzada al
otro lado del río para que Nando y Roberto escribieran un mensaje de socorro
conllevaba el compromiso de don Sergio de que los sacaría de allí. A partir de ahí
los supervivientes y don Sergio forjaron una amistad que duró de por vida, él
falleció el 11 de febrero de 2020. Incluso lo ayudaron en sus problemas de
salud, pues para ellos era “papá Sergio”. Que bonito es forjar una amistad así.
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El arriero don Sergio Catalán.
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Una fotografía histórica. Don Sergio junto a Nando Parrado y Roberto Canessa. Él fue quien los devolvió a la vida. Un personaje clave en esta historia. Un hombre de honor que como se relata en La sociedad de la nieve fue el único que creyeron las autoridades chilenas. Muchos daban pistas falsas para cobrar la recompensa. Tal era la veracidad de don Sergio que el oficial del puesto de mando al avisar a su superior le dijo que si don Sergio mentía él le entregaba el uniforme al día siguiente.
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Por otro lado, el trabajo de las
familias en su búsqueda. Trabajo este que encabezó otro personaje de una fuerza
humana encomiable en esta historia como fue Carlos Pérez Vilaró (padre de
Carlitos Pérez). El ahínco y los arrestos de los pilotos de helicóptero de
rescate chileno y de los andinistas. Y de la forma tan correcta y comprensiva
en que trataron a los supervivientes pese al escenario que se encontraron. Junto
al también valiente vuelo del segundo avión de la Fuerza Aérea uruguaya. Otro
testimonio del amor familiar y del compromiso para con otros seres humanos.
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Don Carlos junto a su hijo Carlitos. La determinación de este hombre, que encabezaba a todas las familias, fue un ejemplo del ahínco con las que estas buscaban a sus seres queridos. Ejemplar su actitud.
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Años después del accidente don Carlos escribió este libro. Otra de las curiosas sincronicidades de este accidente fue cuando a miles de kilómetros de distancia padre e hijo pensaban lo mismo al observar la luna.
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Me niego totalmente a creer que
todo aquello fue concatenaciones de hechos y suerte. Creo que allí hubo una
misión en la vida. Nando Parrado relata en su libro que ellos eran jóvenes
despreocupados y de buenas familias. Y de pronto la vida los golpea de esa
manera. Todos aquellos que salieron de ese infierno blanco han tenido a lo
largo de su vida una meta. Quitado los sufrimientos personales y que durante
décadas lo llevaron con silencio, dignidad y determinación todos han triunfado
en lo personal y profesional. Y en el año 2002, cuando se cumplían treinta años
de esta tragedia, de pronto hay como una eclosión de necesitar contar al mundo
su historia. Y empiezan otra travesía por esa cordillera, pues empiezan a compaginar
sus labores profesionales y personales con ser conferenciantes, bloggers,
participantes de tertulias, políticos… Y todo ello con un gran espíritu
altruista y de servicio a los demás.
No. Esta gente no fueron sólo
unos supervivientes de un accidente aéreo. Esta gente por motivos que se nos
escapan tienen una misión trascendental. Así lo entiendo yo como lector de su
historia. Incluso fallecidas como Susana Parrado y Liliana Methol son seres
angelicales que tuvieron una misión concreta dentro del grupo. Susana era como
la inocencia personificada y Liliana era como la madre y confidente del grupo.
Hay un dicho que proclama que Dios se lleva a los mejores antes de tiempo y dos
seres de luz como Susana y Liliana se las llevo antes de tiempo. Como lector me
sentí totalmente conmovido con sus fallecimientos. El Valle de las lágrimas,
por desgracia, tiene el nombre que merece.
Pero aquí hay otra variante que
también comparto y que Pedro Algorta, Tintín Vizíntin y Javier Methol las
explican muy bien en varios vídeos que he visto de sus conferencias.
Pedro Algorta afirma que en aquel
infierno siempre hubo un alto espíritu de sacrificio y superación humana. Y que
en todo momento y circunstancias surgieron lideres ante las adversidades. Gran
ejemplo de ello fue Marcelo Pérez del Castillo (fallecido en el alud) que desde
el primer momento tomó el mando de la situación creando y estructurando aquella
sociedad de la nieve.
Antonio Vizintín, que me ha
encantado escucharlo, tiene una frase llena de verdad como es “el hombre soporta
muchas cosas en la medida que tiene una esperanza”. Él incide mucho en una
frase que les decía un sacerdote de los hermanos cristianos: “el partido se
acaba con el pitido final”. El grupo nunca entendía esa frase hasta que se
vieron en las circunstancias del accidente. Que gran verdad y que mensaje tan
verídico de que hay que luchar al máximo hasta el final. Hasta que suene el
pitido la batalla sigue en liza.
Y luego están otras palabras como
las de Javier Methol que afirmaba “las cosas malas ni las oigo ni las veo. Y
las buenas las miro y las escucho con el corazón”. Y esto lo dice uno de los
supervivientes que más perdió en la montaña y que fue a su querida esposa
Liliana y con cuatro niños esperándolos en Uruguay. Este hombre también
trasmitía una grandiosa fuerza por la vida.
Fito Strauch es otro personaje de
esta historia que a mí me trasmite mucho, sobre todo en el documental La
sociedad de la nieve. Creo que fue otro de esos lideres que dio un paso al
frente sin dudarlo cuando se le necesitó. Al igual que Coche Inciarte que me
parece un hombre que es un verdadero carro de combate en la enorme fuerza vital
que le caracteriza.
En base a ello también hay que
hacer una profunda reflexión, pues indudablemente existe un espíritu de
superación que es imposible de negar. Pedro Algorta apela en sus conferencias
por la bravura y determinación de querer salir que tuvieron. El triunfo del
espíritu humano tras enterarse de que habían suspendido la búsqueda y se los
daba por fallecidos. En ese momento sabían que tenían que encarar la montaña
porque sólo había unas personas que sabían que estaban vivos que eran ellos
mismos. Había que sacar fuerzas y sobreponerse a lo sucedido. El ejemplo más
claro de ello es Nando Parrado. O la de Pancho Delgado conferencia en
Montevideo el 28 de diciembre de 1972 donde simple y llanamente hizo lo
correcto: decir la verdad.
Fuerzas que no sólo emergieron en
su momento, sino que han sido transformadas y legadas a los descendientes de
quienes sobrevivieron. A Gustavo Zerbino le dijo su hijo ocho años “nos
prestaron los músculos para poder caminar” en referencia a los fallecidos. Es
también un misterio, Nando Parrado y Roberto Canessa lo exponen bien de cómo
aquella travesía a través de las montañas no sólo fue para salvar a sus
compañeros (que también se sacrificaron y fueron parte de esta expedición como
muy bien siempre ha explicado Pedro Algorta) sino que ya de por sí llevaban la
fuerza de querer volver a ver a un padre o el de querer unirse a alguien que
aún ni siquiera conocían. Las esposas e hijos/as de los supervivientes también
han recibido su parte de esa fuerza y voluntad nacida en la cordillera andina.
Quedarnos sólo con la parte de
que algo trascendental los ayudó a salir de allí sería baladí. Como lector
intuyo una serie de hechos inexplicables que desembocan en un despliegue de
fuerza interior que sacó al exterior lo mejor del espíritu humano y de su
fuerza y determinación en pro de la supervivencia individual y colectiva. Es
sin lugar a dudas otro ejemplo más que no podemos ignorar.
Extender más este escrito creo
que sería inicuo porque creo que ya a grandes rasgos he expresado mi opinión.
Recomiendo todos los libros citados, aunque siga en proceso de leer los que me
faltan. Recomiendo la película y el documental La sociedad de la nieve
que a mí me marcó profundamente. En 2023 se estrena la película con mismo
nombre del director español Juan Antonio Bayona en la que Pablo Vierci
participa como guionista. Hace unos meses el Telediario (España) emitió un
reportaje del rodaje y este director le pasó como a mí. Nos produjeron estas lecturas
una fuerte impresión. Película que sin lugar a dudas estará en mi agenda para
el próximo año. Pero es que de igual forma a Ariel Osvaldo Torres le enganchó
este tema en base a las lecturas. Ese es otro de los misterios de esta
historia, de cómo tiene un halo que te envuelve y te hace introducirte en la
misma. Este hecho sin lugar a dudas trascenderá de generación en generación.
Para ir finalizando tampoco
quiero olvidarme de los que allí quedaron. Las madres de los fallecidos crearon
la “Biblioteca de nuestros hijos” que por lo que veo en su página web hacen una
encomiable labor cultural. Muchos de los que quedaron en los Andes eran
estudiantes y esta es la mejor forma de honrarlos. La ayuda a otros
estudiantes, el fomento de la lectura y amplios programas culturales. Mi
enhorabuena por ello.
Igualmente en el año 2013 se inauguró
el Museo Andes 1972 en el que su objetivo es recordar y homenajear a las
personas que iban en aquel vuelo que nunca llegó a su destino y de dar difusión
a los valores humanos que caracterizaron al grupo en aquella agonía de
supervivencia. También se homenajean a personajes claves en esta historia como
es Sergio Catalán.
Poco más puedo añadir. Pero si esto
lo llegara a leer algunos de los protagonistas de esta historia, intentaré
hacerlo llegar por Instagram y/o Twitter, o por los correos de alguno de ellos,
ya que su web yo debo ser muy cazurro pues no veo habilitada el correo
electrónico, sí quiero trasmitirles estas palabras.
Primero mi profundo respeto y
admiración por todos ellos. Es muy fácil desde la distancia y la comodidad de
no haber vivido esto el hacer juicios de valores sin estar en la situación que
se vivió hace cincuenta años. Creo que yo hubiera tomado la misma decisión que
ustedes. No sé si iguales determinaciones, pero perdido en medio de los Andes,
tengo claro que las que tomaron ustedes fueron valientes. Valentía, y respeto
por los que allí quedaron, que han llevado a gala en estas décadas. Para quienes
no conozcan la historia no juzguen. Los invito a que la lean, la visionen, la
investiguen… Así comprenderán como es su día se comprendió y se asimiló.
Segundo agradecer los enormes
mensajes humanísticos dados a la sociedad en sus libros, entrevistas, conferencias…
mediante sus voces reside la garantía de la verdad y el trasmitir el hecho de
la grandeza del ser humano y de su espíritu de superación. Esa literatura y palabras
ante el público no se pierden en el aire. Al contrario, surten un efecto que
reactivan los ánimos de las personas que los escuchamos. El darnos cuenta de
las miles de nimiedades de las que nos quejamos a diario que no son nada frente
a lo que ustedes pasaron en la cordillera. Un mensaje tan potente para esta
humanidad tan falta de un motivo que la reconduzca. Créanme que ayudan mucho.
Conmigo lo hacen a diario, pues ante cualquier tontería que me surja siempre
digo en los Andes aquella gente lo pasó peor y supieron salir al paso.
Y tercero que aunque no nos
conozcamos, aunque nos separen miles de kilómetros de Océano (este blog se
escribe desde Tenerife-Islas Canarias) a mí me ha pasado como a tantos otros que
nos ha llegado esta historia, casi todos por el libro Viven, y nos ha hecho
meternos en ese infierno nevado para acompañarlos a través del tiempo por lo
que ha sido una de las mayores épicas del siglo XX. Unos murieron para que
otros vivieran. La vida tiene esos misterios. Y creo que el misterio de esta historia
es el mensaje que trasmiten y lo que han sido sus vidas tras aquella catástrofe.
Cada noche cuando leo un capítulo me lleva a una profunda reflexión de la
grandeza humana y de su espíritu de superación. He consultado incluso a
montañeros que tienen en su haber cumbres de más de ocho mil metros y me
relatan asombrados y emocionados su impacto de cómo se mantuvieron con vida en
condiciones tan adversas y de cómo Nando y Roberto lograron lo que lograron sin
equipo ninguno para ello. ¿Qué misterio insondable significa todo esto?
Jóvenes prácticamente bisoños y
que la montaña los llevó de repente y sin buscarlo a tener que tomar decisiones
valientes, pero a la vez dolorosas. En acciones de honor y lealtad para consigo
mismo y el grupo. Como bien ha dicho Vizintín “yo jamás comprobé el peso de las
mochilas de Roberto y Nando para compararlas con la mía. Porque la mía, con su
peso, era la que a mí me correspondía llevar”. Si esas actitudes afloraron a
esa edad no me cabe duda que en el desarrollo de sus vidas y aspectos vitales
todos los supervivientes han sido hombres de honor y de palabra.
Por su puesto seguiré leyendo más
libros sobre el tema porque es que incluso lo necesito. Quiero saber más y más
en una especie de avidez lectora. Porque los he acompañado en cada libro ya
leído, cada documental, cada conferencia que he podido visualizar a través de
YouTube y se crea vínculo entre lector y protagonista. Y eso también es bonito
en esta historia. En los millones de personas que han recogido el mensaje de
aquellos uruguayos que sobrevivieron en los Andes en las peores condiciones
posibles.
Cierro este escrito con las
palabras de Roberto Canessa al finalizar el documental La sociedad de la nieve:
«Yo creo que están en el aire.
Parece que flotan y flotan. Y flotan acá al lado nuestro. A mí me parece que
están presentes. Si no, no podría ser que los familiares estuvieran tan
tranquilos y los quisiéramos tanto. Al principio era demasiado fuerte la
presencia de los que no estaban. Y era como si nos gritaran, como si no nos
podíamos ver con las madres de ellos. Pero ahora creo que ya han aprendido a
ser espíritus. O capaz que nosotros también aprendimos a que están invisibles.
Pero sin embargo nos conversan al oído…»
Sea nuestro recuerdo para todos
ellos/as.
Pasajeros fallecidos
Francisco Abal Esther
Horta de Nicola
Gastón
Costemalle
Gustavo Nicolich
Rafael
Echavarren
Arturo
Nogueira
Francisco Nicola Eugenia
Dolgay de Parrado
Alexis
Hounié Susana
Parrado
Liliana Navarro de
Methol
Marcelo Pérez del Castillo
Guido
Magri
Enrique
Platero
Felipe
Maquirriaín
Juan Carlos Menéndez
Graziela Mariani
Carlos Valetta
Julio Martínez
Lamas
Daniel Shaw
Fernando Vásquez Diego
Storm
Daniel
Maspons
Numa Turcatti
Tripulantes fallecidos.
|
Coronel
|
Piloto
|
Julio César
Ferradas
|
|
Tte. Coronel
|
Copiloto
|
Dante H. Lagurara
|
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Capitán
|
Navegante
|
Ramón Saúl
Martínez
|
|
Soldado
|
Mecánico
|
Carlos Roque
|
|
Soldado
|
Camarero
|
Ovidio Joaquín
Ramírez
|
|
|
|
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Sobrevivientes.
Pedro Algorta Roberto Jorge Canessa Urta
«Pancho» Delgado Salaberri Daniel Fernández Strauch
«Bobby» François Álvarez Roy Alex Harley Sánchez
«Coche» Inciarte Vázquez Álvaro Mangino Schmid.
Javier Alfredo Methol († 2015) Carlos Páez Rodríguez.
«Nando» Parrado Dolgay
«Moncho» Sabella Barreiro
«Fito» Strauch Urioste Eduardo José Strauch
«Tintín» Vizintín Brandi Gustavo Zerbino Stajano
* Epílogo.
Las redes sociales han hecho su
magia, a veces sirven para algo, y me llegan de lectores dos recomendaciones bibliográficas
que desconocía. El problema es que algunos de estos libros han quedado en circulación
y venta en Hispanoamérica y no cruzaron el charco hacia España. Aún así no es
excusa y mis disculpas de no conocerlos.
El primero se titula La verdad
sobre “el milagro de los Andes” (1973). Según me comentan es un libro
anterior a Viven el cual se considera que es el primero sobre dicho
tema. Inencontrable hoy en día y en
paginas de segunda mano se cotiza a precios astronómicos.
Segundo: Vengo de un avión que
cayó en las montañas (1973) escrito por Alfonso Alcalde (Argentina).
Tercero: San Fernando Chile,
¡urgente!, de Oscar Vega (Pineda Libros, 1973). Impreso en Chile.
Cuarto: El milagro de los
Andes, de Héctor Suanes. 1973. Argentino
Quinto: Supervivientes de los
Andes, de Clay Blair Jr. 1973. Impreso en México.
Sexto: Regreso a la montaña,
Daniel Fernández Strauch, Ediciones B, 2012.
Séptimo: Una vez en los Andes,
Ignacio Martínez M. con la colaboración de "Gochi" Páez. 2016
Octavo: Memoria de los Andes
(2017) y está escrito por Coche Inciarte.
Como ven la lista de libros sobre
este hecho es amplia. Gracias por la información dada en estos magníficos
aportes.